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10/05/26

Porque una cosa es no querer regresar y otra muy diferente estar preparada para volver a abrirle la puerta a alguien.


Habían pasado años, sí, años, desde mi separación hasta que por la mente me pasó la idea de volver a tener “relación” con una persona de sexo opuesto. No digo relaciones, sino un contacto, una charla, un café… Volver a intimar no solamente físicamente, sino también emocionalmente con alguien.

En ese momento le dije a un amigo muy cercano: «Creo que estoy preparada». Y hasta yo me lo creí. Pero luego llegó el momento de la verdad…


La primera vez que intenté tener pareja después de mi matrimonio pensé que estaba preparada. Había pasado tiempo desde la separación, había llorado, había tenido conversaciones que necesitaba tener, había reconstruido muchas partes de mi vida y, sobre todo, estaba convencida de que ya había dejado atrás aquella relación. No quería volver con mi exmarido, no echaba de menos la vida que tenía y tenía muy, muy claro que aquella historia había terminado.

Así que, cuando apareció la posibilidad de conocer a alguien y empezar algo nuevo, pensé que simplemente había llegado el momento.

Mujer reflexionando después de una nueva relación tras el divorcio

Recuerdo aquella sensación de estar empezando algo nuevo y, al mismo tiempo, sentir que había una parte de mí que estaba constantemente mirando hacia atrás por encima del hombro. Comparaba cosas. Interpretaba silencios. Me fijaba demasiado en determinadas palabras. Había comportamientos que probablemente en otro momento me habrían parecido normales y que a mí me despertaban algo que no sabía explicar.

Y lo peor era que muchas veces ni siquiera entendía por qué estaba reaccionando así.

Creo que durante mucho tiempo confundí haber perdonado con haber dejado de tener miedo. Pensaba que, si había conseguido perdonar determinadas cosas de mi matrimonio, significaba que ya no tenían poder sobre mí. Que podía mirar hacia atrás y decir «eso ya pasó» y seguir adelante sin llevarlo conmigo.

Pero cuando intenté construir una relación nueva, descubrí que algunas heridas no desaparecen simplemente porque hayas decidido perdonar.

Están ahí.

Aparecen cuando alguien tarda en contestarte y tu cabeza empieza a inventarse explicaciones. Aparecen cuando alguien cambia ligeramente su forma de hablarte y tú empiezas a preguntarte qué has hecho mal. Aparecen cuando necesitas poner un límite y te cuesta hacerlo porque una parte de ti todavía teme las consecuencias de decir que no. Aparecen cuando alguien hace algo que no tiene nada que ver con tu pasado, pero tu cuerpo recuerda perfectamente lo que ocurrió la última vez.

Y entonces entiendes que el cuerpo también tiene memoria.

Yo, en esos momentos, pensaba que perdonar significaba que ya no me dolía. Que si todavía había cosas que me removían, era porque no había hecho bien mi trabajo, porque no había conseguido soltar o porque, en el fondo, todavía estaba enganchada a aquella historia.

Y recuerdo pensar que quizá no estaba preparada.

Durante un tiempo incluso me culpé por ello. Pensaba que debería haber esperado más, haber trabajado más en mí, haber conseguido estar completamente bien antes de intentar compartir mi vida con alguien.

Pero después entendí otra cosa: no existe ese momento en el que estás completamente reparada y preparada para querer a alguien sin miedo.

Ahí fue cuando la frase de «hazlo con miedo» cobró todo su sentido. Cuando te das cuenta de que ser vulnerable, confiar en que no te vuelvan a hacer daño y, sobre todo, conseguir que tú no hagas daño a los demás por tus historias pasadas es un gran logro.

Y aquella primera vez fue un poco así para mí.

A veces todavía me sorprendo pensando en aquella mujer que creía que tenía que estar completamente bien antes de volver a querer. Me gustaría decirle que no tenía que demostrar nada, que no estaba rota por descubrir que algunas cosas todavía le dolían y que perdonar no era un examen que tenía que aprobar.

Porque quizá hay heridas que no necesitamos conseguir que dejen de doler para siempre. Quizá lo que necesitamos es aprender a vivir sin que ellas decidan por nosotras.

Y esa fue una de las cosas que descubrí la primera vez que intenté volver a tener pareja después de mi matrimonio.

Si quieres saber qué pasó con esta relación, escríbeme y te lo cuento por privado. :)

10/04/26

Sé que hace mucho que no hablamos y no sé si realmente hemos hablado con sinceridad alguna vez, pero hoy quiero sacar todo lo que llevo dentro.

Te conocí en un momento de mi vida en el que no sabía que te necesitaba y, aun así, poco a poco te fuiste convirtiendo en alguien importante para mí, en alguien valioso que sabía reconocer mis particularidades, que me entendía en muchas cosas y que, de alguna manera, también me hacía crecer.

Hay personas con las que imaginamos una parte de nuestro futuro sin darnos cuenta.

Hace unos días pensé en ti. No fue por nada concreto, o quizá sí, pero no sabría decir exactamente qué lo provocó. Creo que fue una de esas pequeñas cosas que aparecen en cualquier momento y que, sin avisar, te llevan de vuelta a una época de tu vida: una canción, una comida, un olor, una fotografía. Pensé en nuestros veranos, en las vacaciones que organizábamos entre todos, en los niños corriendo de un lado para otro y en aquellas cenas que empezaban con la intención de acostarnos pronto y terminaban cuando ya no quedaba nadie con ganas de recoger la mesa.

Y me di cuenta de que te echo de menos.

mujer mirando al horizonte, duelo divorcio

No sé si te echo de menos a ti exactamente o a aquella versión de nosotros que existía entonces. Probablemente a las dos cosas, porque hay personas que terminan formando parte de una etapa de nuestra vida de una manera tan profunda que, cuando las recuerdas, ya no puedes separar a esa persona de quién eras tú en aquel momento.

Nos conocimos siendo dos personas adultas, con nuestros propios trabajos, nuestras preocupaciones y esa sensación de que todavía teníamos muchísimos años por delante. Después llegaron los niños y, casi sin darnos cuenta, nuestras vidas empezaron a parecerse cada vez más. Ellos crecían prácticamente a la vez, nosotros organizábamos los planes juntos y cualquier celebración terminaba convirtiéndose en una reunión familiar. Los cumpleaños, las Navidades, las cenas de verano, las vacaciones… había una especie de calendario invisible que se iba llenando de cosas que hacíamos juntos.

Nunca nos sentamos a decidir que íbamos a construir una relación para toda la vida. No hizo falta. Simplemente ocurrió. Y quizá por eso yo daba por hecho que aquello iba a seguir así. Cuando imaginaba el futuro, aparecías tú. No de una manera consciente, como cuando haces planes y dices «dentro de veinte años haremos esto», sino de esa forma mucho más sencilla en la que algunas personas se convierten en parte del paisaje de tu vida.

Pensaba que nuestros hijos crecerían y que algún día hablaríamos de cuando eran pequeños. Pensaba que seguiríamos organizando viajes, aunque probablemente ya no necesitaríamos cargar con tantas mochilas y juguetes. Pensaba que celebraríamos nuestros cumpleaños y que, cuando fuéramos mayores, seguiríamos teniendo historias compartidas que solo nosotros recordaríamos. Incluso podía imaginarme a los dos con muchos años más, sentados en algún sitio, hablando de todo lo que habíamos vivido mientras los niños, ya adultos, se reían de nuestras batallitas.

Pensaba que íbamos a envejecer juntas.

Y entonces mi matrimonio terminó.

Ahora, cuando lo cuento así, parece que todo se reduce a una cosa: una pareja se separa y cada uno empieza una vida diferente. Pero no fue exactamente así. Cuando una relación termina después de muchos años, no desaparece únicamente la persona con la que estabas casada. Desaparecen también muchas de las estructuras que se habían construido alrededor de esa relación, y algunas de ellas son tan cotidianas que tardas bastante tiempo en darte cuenta de que también las has perdido.

Entre ellas estaba nuestra amistad.

Durante un tiempo no supe muy bien qué hacer contigo. Tampoco sabía qué hacer con las demás personas que formaban parte de aquella vida compartida. Antes todo era sencillo. Éramos dos parejas. Quedábamos los cuatro. Los niños venían con nosotros. Había una dinámica que funcionaba casi sola. Pero cuando yo dejé de ser parte de una pareja, aquella fórmula dejó de existir y nadie nos explicó cuál era la siguiente.

Quizá tú tampoco sabías cómo hacerlo.

Quizá era incómodo para ti invitarme a determinadas cosas. Quizá no sabías si yo quería seguir haciendo los mismos planes. Quizá pensabas que necesitaba distancia. Quizá simplemente estabas intentando continuar con tu propia vida mientras yo intentaba reconstruir la mía.

Y así, sin una pelea, sin una discusión y sin que ninguna de las dos dijera realmente «hasta aquí», empezamos a estar menos presentes en la vida de la otra.

Eso es lo extraño de algunas amistades que se pierden después de un divorcio.

No hay una ruptura clara. No hay una última conversación. No hay una fecha que puedas señalar en el calendario y decir: «Ese día dejamos de ser amigas». Simplemente llega un momento en el que te das cuenta de que hace meses que no sabes nada de esa persona, de que la saludas en el supermercado por educación y no por cercanía, de que ya no conoces sus planes, de que sus hijos han crecido y tú no has estado allí para verlo y de que aquellas personas que durante años formaron parte de tu vida ahora aparecen de vez en cuando en una fotografía que ves en redes sociales.

Y eso duele.

Porque durante mucho tiempo pensé que, si nuestra amistad era de verdad, tendría que haber sobrevivido a todo aquello. Con los años he aprendido a verlo de otra manera.

No creo que una amistad sea falsa porque no consiga acompañarnos durante toda nuestra vida.

Tampoco creo que las personas que se alejan de nosotros después de un cambio importante sean necesariamente malas amigas. A veces simplemente ocurre que una relación estaba profundamente ligada a una determinada forma de vida y, cuando esa vida cambia, también cambia la manera en la que esas personas pueden estar juntas.

Quizá nosotras éramos amigas, pero también éramos dos familias que habían aprendido a funcionar juntas. Y cuando una de esas familias cambió, cambió también el lugar que ocupábamos en la vida de la otra.

Lo he pensado muchas veces. Creo que lo que más me dolió no fue solamente dejar de verte con la misma frecuencia. Lo que realmente perdí fue la idea de futuro que había construido alrededor de nuestra amistad.

Porque también había imaginado ese futuro contigo. Había imaginado a nuestros hijos mayores, nuestras conversaciones cuando ya no tuviéramos que correr detrás de ellos, los viajes que haríamos cuando fueran independientes, las cenas en las que podríamos hablar tranquilamente porque nadie necesitaría que le cortáramos la carne.

Había imaginado una amistad que llegaba hasta la vejez.

Y supongo que eso es lo difícil de algunos duelos: tienes que aprender a despedirte de algo que sigue existiendo en otro lugar.

Hoy no sé si volveremos a ser aquellas amigas. Probablemente no. Han pasado demasiadas cosas, hemos cambiado demasiado y nuestras vidas han tomado caminos diferentes. Pero ya no necesito que nuestra amistad vuelva a ser como antes para reconocer lo importante que fue para mí.

Te echo de menos, sí. Echo de menos nuestras conversaciones, nuestros planes, las vacaciones, las cenas y aquella sensación de que siempre habría un próximo verano que organizar juntas. Pero también echo de menos a la mujer que yo era cuando tú formabas parte de mi día a día. Echo de menos aquella vida porque era la que conocía, porque en ella había cosas que me hacían feliz y porque durante un tiempo pensé sinceramente que así sería siempre.

Pensaba que íbamos a envejecer juntas.

Y no fue así.

Pero quizá lo que más me ha costado aceptar no es que nuestra amistad cambiara, sino que también tuve que despedirme de un futuro que nunca llegó a existir. Ese futuro en el que nuestros hijos crecían juntos, en el que seguíamos compartiendo vacaciones, en el que nos sentábamos a recordar todas las historias que habíamos vivido y en el que, muchos años después, todavía estábamos ahí.

Ese futuro no existió nunca y, sin embargo, yo lo había imaginado tantas veces que también tuve que hacer duelo por él.

Ahora creo que hay personas que nos acompañan durante una parte del camino y que eso no hace que esa relación sea menos importante. Algunas se quedan durante toda la vida, otras durante unos años y otras aparecen en una etapa concreta para convertirse en una parte fundamental de ella. No siempre sabemos cuánto va a durar una relación cuando empieza, y quizá no deberíamos medir su importancia por eso.

Tú fuiste importante para mí.

Lo sigues siendo de alguna manera.

Y quizá eso sea lo que quería decirte hoy.

No para pedirte que vuelvas. No para recuperar lo que éramos. Tampoco para buscar culpables por el momento en el que nuestras vidas dejaron de encajar.

Solo quería reconocer que te echo de menos. Que echo de menos aquella vida. Que hay una parte de mí que todavía recuerda con cariño a las dos personas que fuimos y a aquella pequeña familia que construimos alrededor de nuestras parejas y nuestros hijos.

Pensaba que íbamos a envejecer juntas.

No fue así.

Pero qué bonito fue, mientras duró, pensar que sí.


Quizá por eso, cuando una relación termina, necesitamos algo más que tiempo para reconstruirnos. Necesitamos personas con las que poder hablar, espacios donde sentirnos comprendidas y una red que nos recuerde que no tenemos que atravesarlo todo solas.

Y eso es también lo que queremos construir en MATERMUR. Un lugar donde puedas encontrar una nueva familia, esa red que quizá no sabías que necesitabas hasta que tu vida cambió. Un espacio donde conocer a otras mujeres que están pasando por algo parecido, compartir, aprender, reír, llorar y volver a sentir que perteneces a algún sitio.

Porque quizá después de un divorcio no necesitamos recuperar exactamente a las personas que estaban antes. Quizá necesitamos encontrar a las que llegan después. A esa nueva amiga que aparece cuando más lo necesitas y que, quizá, se queda el tiempo necesario para acompañarte en una parte del camino. O tal vez se queda mucho más.

En MATERMUR queremos ayudarte a encontrar esa nueva familia. Porque reconstruir tu vida también significa reconstruir tu red.

Y tú, ¿qué futuro estás llorando aunque nunca llegara a existir?

10/03/26

Muchos días fantaseo con esa vida. Con pasear por calles extranjeras, comprar en comercios donde se habla otro idioma, criar a mis hijos en una cultura totalmente diferente a la actual e incluso despertarme cada mañana en una ciudad con un clima radicalmente opuesto al de Murcia.

mujer mirando un libro en Milán


Quizá por eso, de vez en cuando, vuelvo a una decisión que tomé cuando tenía 20 años.

Una decisión que en aquel momento no me pareció demasiado importante.

Pero que, veinte años después, todavía me hace preguntarme:

¿Qué habría pasado si hubiera dicho que sí?

Joven estudiante de arquitectura mirando planos frente a un edificio italiano en Florencia
Hay vidas que no vivimos y que, de vez en cuando, vuelven a visitarnos.

Te pongo en contexto.

Allá por 2005, yo estudiaba diseño en la Escuela de Artes y nos ofrecieron una beca Da Vinci, algo parecido a la Erasmus pero para estudiantes de Artes.

El plan era sencillo: vivir seis meses en una ciudad italiana, terminar los estudios allí y volver.

Nada especialmente extraño hoy en día, pero estamos hablando de hace más de veinte años.

Se lo mencioné de pasada a mi entorno: familia, pareja, amigos…

Y la reacción de la mayoría fue de miedo, incertidumbre, incredulidad.

Y yo lo dejé pasar.

Ni siquiera me molesté en conocer los requisitos, las condiciones o profundizar demasiado en qué consistía aquella oportunidad.

Seis meses fuera.

Ni loca.

Aquí tenía trabajo, pareja, una casa a medio construir y una vida totalmente planificada y organizada. Una vida en la que no cabía un parón de tanto tiempo.

Porque sí.

Seis meses me parecían una eternidad.

El destino era Florencia

Florencia era para mi yo de 20 años una posibilidad enorme colocada justo delante de mí.

Una de esas oportunidades que, vistas desde la distancia, parecen escritas para una película: una chica joven, una ciudad italiana, arte, arquitectura, aprender, conocer gente, estar lejos de todo lo conocido.

Y yo dije que no.

No recuerdo haber vivido aquella decisión como una gran tragedia.

Creo que simplemente había demasiadas cosas que ya estaban en marcha.

Quizá incluso me parecía irresponsable hacerlo.

Quizá pensaba que ya tendría otras oportunidades.

Quizá simplemente no estaba preparada para irme.

Y la vida siguió.

En 2008 llegó la crisis económica.

Llegó mi despido.

Llegó mi boda.

Y después llegó todo lo demás.

La vida que había empezado a construir se convirtió en la vida que viví durante muchos años.

Y Florencia se quedó allí, en algún lugar de mi memoria, como esas puertas que cerramos sin saber que quizá no volveremos a encontrarlas.

La pregunta que vuelve veinte años después

Durante mucho tiempo no pensé demasiado en aquella beca.

Hasta que, de vez en cuando, aparece la pregunta.

¿Qué habría pasado?

No es una pregunta que me haga para lamentarme.

No pienso que mi vida habría sido mejor si hubiera ido.

Tampoco sé si habría sido peor.

Quizá habría vuelto a los seis meses y habría continuado exactamente donde lo dejé.

Quizá habría descubierto que la arquitectura no era mi camino.

Quizá habría conocido a otras personas y tomado decisiones completamente diferentes.

Quizá habría terminado viviendo en Italia.

Quizá habría vuelto enamorada de alguien.

Quizá habría vuelto enamorada de mí.

O quizá simplemente habría pasado seis meses maravillosos y después habría regresado a casa.

No lo sé.

Y eso es precisamente lo curioso de las vidas que no elegimos:

No podemos saber si eran mejores. Solo podemos imaginar que eran diferentes.

La vida que imaginamos siempre parece mejor

A veces creo que cuando miramos hacia atrás cometemos el error de comparar nuestra vida real con una vida imaginaria a la que le permitimos tener solamente las cosas buenas.

En esa otra vida siempre tenemos el trabajo que nos gusta, conocemos a las personas adecuadas, viajamos, nos atrevemos, tenemos más dinero, somos más libres y tomamos las decisiones correctas.

Nunca imaginamos los problemas de esa vida.

Nunca ponemos una crisis económica en Florencia.

Nunca nos quedamos sin trabajo allí.

Nunca tenemos una ruptura.

Nunca nos sentimos solas.

Nunca nos equivocamos.

Porque esa vida no existe.

Es solo una posibilidad.

Y quizá por eso no quiero mirar a aquella chica de veinte años y decirle que se equivocó.

No creo que se equivocara.

Tomó una decisión con lo que sabía, con lo que quería y con la vida que tenía delante.

Y eso también merece respeto.

Dejar de juzgar a la mujer que fuimos

A veces somos demasiado duras con las mujeres que fuimos.

Las miramos desde el lugar en el que estamos ahora y pensamos:

«¿Cómo pudiste no verlo?»

«¿Por qué no te fuiste?»

«¿Por qué no aprovechaste aquella oportunidad?»

«¿Por qué no elegiste otra cosa?»

Pero aquella mujer todavía no sabía lo que nosotras sabemos hoy.

No sabía que llegarían determinadas personas.

No sabía que algunas relaciones terminarían.

No sabía que habría momentos en los que tendría que reconstruirse.

No sabía quién acabaría siendo.

Y quizá eso sea lo más bonito de mirar atrás.

Entender que no necesitamos juzgar cada decisión de la mujer que fuimos.

A veces basta con acompañarla.

Decirle:

«Hiciste lo que pudiste con la vida que conocías entonces».

Y después preguntarnos algo mucho más interesante.

¿Qué quiero hacer ahora que todavía no he hecho?

Porque tengo 41 años.

Y Florencia ya no es aquella beca.

Pero todavía hay puertas que no he abierto.

Todavía hay lugares a los que no he ido.

Todavía hay proyectos que me dan miedo.

Todavía hay cosas que quiero aprender.

Todavía hay versiones de mí que no conozco.

Y quizá de eso se trate hacerse mayor.

No de dejar de imaginar las vidas que no vivimos.

Sino de dejar de utilizar esas vidas imaginarias para castigarnos y empezar a utilizarlas como pistas.

Porque aquella chica de veinte años quizá no se fue a Florencia.

Pero todavía puede haber algo de aquella chica que quiera viajar.

Crear.

Aprender.

Arriesgarse.

Empezar.

Y esta vez, quizá, escucharla.

¿Y tú? ¿Qué vida no elegiste?

Así que hoy me hago una pregunta que quizá también pueda hacerte tú mientras lees esto:

¿Hay algo que quisiste intentar y todavía te preguntas qué habría pasado?

Y, sobre todo:

¿Todavía quieres intentarlo o ha llegado el momento de despedirte de esa posibilidad?

Porque quizá algunas vidas que no elegimos solo vienen a visitarnos para recordarnos que todavía estamos a tiempo de elegir algo nuevo.

La conversación que nunca tuve: violencia en pareja, separación y pedir ayuda

Hay conversaciones que llegan muchos años tarde. Y, cuando por fin ocurren, te das cuenta de que llevabas mucho tiempo necesitándolas.

sufrir violencia de genero en silencio


El otro día me preguntaron cómo fueron los primeros meses de mi separación. Me quedé pensando porque, aunque han pasado ya unos cuantos años, la verdad es que no tengo un recuerdo demasiado nítido de aquella época. Recuerdo algunas cosas, algunas conversaciones, algunas decisiones que tuve que tomar, pero si intento reconstruir aquellos primeros meses de mi separación, hay muchas lagunas.

No sé si porque mi cabeza necesitaba protegerme, centrarse en sobrevivir y dejar atrás todo aquello lo antes posible, o porque realmente la persona que soy hoy y la que estaba viviendo aquellos momentos eran prácticamente dos personas diferentes.

Y aquella pregunta terminó llevándome a otro momento de mi vida. A una conversación que ocurrió muchos años después, pero que, en realidad, llevaba muchísimo tiempo esperando.

La Navidad pasada tuve una conversación con mi familia y con algunas de mis amigas. Estábamos hablando de aquellos años, de lo que había ocurrido, de lo que cada una había visto o intuido y de todas esas cosas que, aunque estaban delante de nuestros ojos, durante mucho tiempo nadie se atrevió a poner en palabras.

Mientras hablábamos pensé que aquella era la conversación que me habría gustado tener muchos años antes.

Porque hay situaciones en las que ocurre algo muy extraño: todos sabemos que algo está pasando, pero nadie lo dice. Tú sabes que algo está pasando, tu familia lo sabe, tus amigas probablemente también lo saben, pero existe una especie de silencio alrededor de todo aquello.

Y ese silencio puede durar mucho tiempo.

Cuando sabes que algo no está bien, pero todavía no puedes decirlo

A mí me habría encantado poder sentarme en aquel momento con una amiga, con mi madre, con mi hermana o con cualquier persona en la que confiara y decirle simplemente: «Me está pasando esto».

Sin sentir que me iban a juzgar. Sin miedo a lo que pudiera ocurrir después. Sin pensar que estaba metiéndolas a ellas en un problema que no les correspondía.

Durante mucho tiempo tuve la sensación de que lo que estaba pasando era mío y que, por tanto, era yo quien tenía que solucionarlo.

Creo que esto es algo que muchas mujeres que viven violencia dentro de su pareja pueden entender. No siempre existe un momento concreto en el que una piensa: «Estoy sufriendo violencia».

A veces empiezas pensando que tienes problemas de pareja. Que discutís demasiado. Que la relación está pasando por una mala época. Que quizá tú también estás haciendo cosas mal. Que quizá si cambias algunas cosas, él cambiará también.

Y mientras intentas entender qué está pasando, empiezas a esconderlo.

Yo también lo hice.

Cuando empecé a esconder la violencia

Cuando empecé a sufrir violencia, también empecé a esconderme. No ocurrió de un día para otro, sino poco a poco. Dejé de salir tanto, hablaba menos, ponía más excusas y me alejaba de las personas que tenía cerca.

Cuanto más difícil era la situación, más aprendía a ocultarla.

Recuerdo especialmente un día en el que llevaba un golpe. Creo que fue uno de los pocos momentos en los que el golpe era suficientemente visible como para que alguien pudiera preguntarme qué había pasado.

Y alguien me preguntó.

Yo dije que me había caído con la moto.

Lo dije y ya está.

No sé si aquella persona me creyó o simplemente decidió no preguntar más. Pero yo había encontrado una explicación que me permitía seguir adelante sin tener que contar lo que realmente estaba ocurriendo.

Años después tuve una caída con la moto de verdad.

Y aquella vez mi madre me miró y supo inmediatamente que era diferente.

No necesitó que le explicara nada.

Me miró durante unos segundos y me dijo:

«Esta vez te he visto caerte de verdad con la moto y no llevas ni un arañazo. Antes venías con golpes y decías que te habías caído con la moto».

Creo que esa frase se me quedó grabada porque, en realidad, era la conversación que nunca habíamos tenido.

Mi madre sabía.

Yo sabía que probablemente ella sabía.

Pero ninguna de las dos había encontrado el momento, las palabras o quizá el valor para sentarnos y hablar de ello.

Si estás viviendo violencia y todavía no se lo has contado a nadie

Hoy, cuando miro atrás, entiendo mucho mejor por qué me costó tanto pedir ayuda.

Había miedo, vergüenza, confusión y una necesidad enorme de creer que aquello podía cambiar. También estaba esa voz que tantas veces aparece cuando estás dentro de una relación que te hace daño: «No es para tanto», «solo ha sido esta vez», «él también lo está pasando mal», «yo también he hecho cosas mal», «quizá estoy exagerando».

Y cuanto más tiempo pasa, más difícil puede resultar reconocer ante otra persona que necesitas ayuda.

Porque contarlo significa hacerlo real.

Durante mucho tiempo pensé que para pedir ayuda tenía que tenerlo todo claro. Tenía que saber si quería separarme, qué iba a pasar con mis hijos, dónde iba a vivir, cómo iba a pagar las cosas, qué iba a ocurrir con la casa o cómo iba a ser mi vida después del divorcio.

Hoy sé que no necesitas tener todas esas respuestas para pedir ayuda.

Puedes empezar simplemente diciendo: «No estoy bien y no sé qué hacer».

Si estás viviendo violencia, control, miedo, amenazas, humillaciones o cualquier otra forma de maltrato dentro de tu relación, buscar ayuda profesional puede ser un primer paso aunque todavía no hayas decidido separarte, denunciar o tomar ninguna decisión definitiva.

Si necesitas ayuda

En España, el 016 ofrece información, asesoramiento jurídico y atención psicosocial inmediata a mujeres que sufren violencia contra las mujeres.

Es un servicio gratuito y confidencial. También puedes contactar a través de WhatsApp en el 600 000 016, además de otros canales de atención.

Si existe una situación de emergencia o peligro inmediato, llama al 112.

Información oficial sobre el 016

Pedir ayuda no significa que tengas que tomar una decisión ese mismo día.

Significa que no tienes por qué seguir intentando resolverlo todo sola.

Cuando empiezas a pensar en separarte

Creo que esta es también una de las partes que menos se cuentan.

Porque pensar en separarte no siempre significa estar preparada para separarte.

A veces significa simplemente empezar a imaginar cómo sería tu vida si pudieras vivir de otra manera.

Y entonces aparecen muchas preguntas: qué pasará con los niños, con la casa, con la hipoteca, con el dinero, con los horarios, con la familia, con lo que pensarán los demás, con el miedo a equivocarte o con la posibilidad de arrepentirte.

Yo también tuve miedo.

Y hoy, cuando acompaño a mujeres que están pensando en separarse o que ya han dado el paso, intento recordar siempre algo que me habría gustado que alguien me dijera entonces: no tienes que resolver toda tu vida de una vez.

Puedes empezar por hablar. Por informarte. Por pedir ayuda. Por entender qué estás viviendo. Por conocer tus opciones. Por buscar apoyo emocional y, cuando sea necesario, asesoramiento jurídico especializado.

No tienes que llegar al momento de la separación completamente preparada.

Puedes ir construyendo el camino mientras avanzas.

Lo que hice con todo aquel silencio

Con el paso de los años, todo aquel silencio terminó transformándose también en una parte importante de lo que hago hoy.

Me ha servido para crear MATERMUR, para acompañar a otras mujeres y para intentar construir espacios en los que puedan hablar sin tener que demostrar que lo que están viviendo es suficientemente grave, suficientemente importante o suficientemente evidente como para merecer ayuda.

Porque quizá eso es lo que más me habría gustado encontrar entonces: un lugar en el que pudiera decir «me está pasando esto» y que alguien simplemente me escuchara.

Sin juzgarme.

Sin minimizarlo.

Sin preguntarme por qué había aguantado tanto.

Por eso, si estás atravesando una separación, pensando en separarte o intentando entender si lo que estás viviendo dentro de tu relación es violencia, no tienes que hacerlo todo sola.

Puedes buscar apoyo emocional, asesoramiento jurídico y recursos especializados. Y puedes empezar por una conversación.

Una conversación sencilla.

«Me está pasando esto».

MATERMUR: un espacio para no atravesarlo sola

MATERMUR nace precisamente de esa necesidad: crear una red de apoyo para mujeres y madres que atraviesan procesos de separación, divorcio y situaciones familiares difíciles.

Un espacio para hablar, compartir, aprender y sentirse acompañada sin juicios.

Conoce MATERMUR y nuestros espacios de apoyo →

La conversación que ahora sí puedo tener

Durante mucho tiempo pensé que necesitaba tener aquella conversación con alguien más. Con mi madre, con una amiga, con mi hermana. Y sí, probablemente la necesitaba. Me habría ayudado muchísimo poder contar lo que estaba viviendo y sentir que no tenía que cargar con ello sola.

Pero hoy me doy cuenta de que había otra conversación que también necesitaba tener.

La conversación conmigo misma.

Necesitaba dejar de preguntarme por qué no lo hice antes y empezar a entender que aquella mujer hizo lo que pudo con las herramientas que tenía. Necesitaba dejar de juzgarla por haber escondido los golpes, por haber dicho que se había caído con la moto, por haber pensado que quizá no era para tanto o por haber tardado tanto en pedir ayuda.

Hoy, cuando miro hacia atrás, no quiero reprocharle nada.

Quiero sentarme a su lado y decirle que no fue culpa suya. Que no tenía que haber sabido qué hacer. Que no tenía que haber podido sola. Que no tenía que haber encontrado las palabras antes. Que hizo lo que pudo para sobrevivir a una situación que no sabía cómo manejar.

Y que, aunque aquella conversación llegó muchos años tarde, ahora sí puedo tenerla.

Con ella.

Con la mujer que fui.

Y puedo decirle algo que durante mucho tiempo no supe decir:

Te perdono.


Si has llegado hasta aquí y algo de esta historia te resulta demasiado familiar, no tienes que saber todavía qué decisión vas a tomar. A veces el primer paso es simplemente poder decirle a alguien: «Me está pasando esto».

8/11/26

Llevamos tiempo haciéndolo. Ahora queremos darle un espacio propio.

Hay cosas que son difíciles de explicar si no las has vivido. Y una separación es una de ellas.

Puedes tener amigas, familia, trabajo, hijos, gente que te quiere y que está ahí para ti y, aun así, sentirte muy sola. Puedes estar rodeada de personas y sentir que no tienes con quién hablar de determinadas cosas. Porque hay conversaciones que son difíciles de tener con quien no ha pasado por algo parecido.



Y esto es precisamente una de las cosas que más he visto desde que existe MATERMUR.

Como coach y como directora de la asociación he tenido la oportunidad de escuchar a muchas mujeres. He escuchado sus historias, sus miedos, sus enfados, sus dudas, sus momentos de fuerza y también esos momentos en los que simplemente dicen: “Hoy no puedo más”.

Y hace tiempo que dentro de MATERMUR empezamos a hacer algo que, en realidad, no tenía un propósito concreto.

Quedábamos.

Nos veíamos. Hablábamos. Tomábamos un café. Cada una llegaba con su historia, con su momento, con sus cosas. Algunas hablaban mucho, otras menos. Algunas necesitaban contar algo y otras simplemente necesitaban estar allí.

Y poco a poco me fui dando cuenta de que precisamente ahí estaba el propósito.

En realidad, no necesitábamos tener un taller preparado. No necesitábamos que alguien viniera a enseñarnos nada. No necesitábamos salir de allí con una solución, con una tarea para casa o con una respuesta.

Necesitábamos vernos.

Necesitábamos sentirnos escuchadas.

Necesitábamos tener un rincón donde poder llegar como estuviéramos ese día y saber que lo que allí ocurriera iba a tener contención e intención.

Contención para cuando una llega rota, cansada, enfadada o simplemente desbordada.

E intención porque no se trata solamente de juntarnos por juntarnos. Se trata de crear un espacio cuidado, donde podamos escucharnos, acompañarnos y construir poco a poco una red entre mujeres que están atravesando situaciones que, aunque sean diferentes, muchas veces tienen algo en común.

Y ahora queremos hacerlo una vez al mes

Después de comprobar lo que ocurre cuando simplemente nos damos ese espacio, estamos organizando un nuevo formato dentro de MATERMUR: un encuentro mensual, el primer viernes de cada mes.

No será una terapia. No será un taller. No será una charla. Y tampoco será necesario venir con ningún objetivo concreto.

Será un lugar para estar. Para hablar si quieres hablar. Para escuchar si ese día necesitas escuchar. Para compartir algo que llevas dentro. Para reírte. Para llorar. Para contar algo que te ha pasado durante la semana. Para escuchar la historia de otra mujer y pensar: "A mí también me pasa". 

Porque hay días en los que necesitas que alguien te diga qué hacer y hay otros en los que lo único que necesitas es que alguien se siente a tu lado y te escuche.

Y creo que hemos encontrado algo muy valioso en eso.

Que una mujer pueda entrar por la puerta pensando que está sola y salir sabiendo que hay otras personas que la entienden.

Que pueda encontrar una amiga. Una compañera de camino. Una persona a la que escribir un martes por la noche. O simplemente saber que existe un lugar al que puede volver el mes siguiente.

Un viernes al mes. Un rincón para nosotras.

La idea es empezar a darle continuidad a estos encuentros a partir de septiembre. Las primeras fechas que estamos organizando son:

📅 4 de septiembre

📅 2 de octubre

📅 6 de noviembre

📅 4 de diciembre

Ahora mismo estamos buscando el lugar y organizando los detalles. Y para hacerlo necesitamos saber cuántas mujeres estarían interesadas en participar, porque queremos encontrar un espacio que sea cómodo, accesible y que nos permita mantener precisamente esa sensación de cercanía que buscamos.

Pero hay algo más que me gustaría conseguir con esta publicación.

Que llegue a las mujeres que necesitan encontrar este rincón.

Quizá tú no seas una mujer separada. Quizá ya hayas pasado por esa etapa. Quizá tengas una amiga, una hermana, una compañera de trabajo, una vecina o una conocida que ahora mismo esté atravesando una separación y necesite simplemente encontrar un lugar donde no tenga que explicar demasiado.

Por eso, si mientras lees esto te viene alguien a la cabeza, compárteselo. Mándaselo por WhatsApp. Compártelo en tu grupo de amigas, en tu asociación, en tu grupo de madres, en tu centro de trabajo o con cualquier persona que pueda ayudarnos a que esto llegue a quien lo necesita.

Y si eres una asociación, un ayuntamiento, un centro social, una institución o una entidad que puede ayudarnos a encontrar un espacio o a dar visibilidad a esta iniciativa, también nos encantará escucharte.

Porque esto no va solamente de organizar una actividad más.

Va de algo que para mí es mucho más importante: crear comunidad.

Crear un lugar donde no tengamos que estar bien todo el tiempo. Donde no tengamos que ser fuertes todo el tiempo. Donde podamos llegar con nuestra vida tal y como está y saber que, al menos durante un rato, estamos en un lugar seguro.

Un lugar donde lo que nos pasa tenga espacio.

Donde lo que sentimos tenga escucha.

Y donde todo lo que ocurra tenga contención e intención.

Porque quizá no podamos solucionar la vida de otra mujer.

Pero podemos sentarnos a su lado.

Podemos escucharla.

Podemos decirle que la entendemos.

Y podemos recordarle algo que a veces, cuando estamos pasando por una separación, se nos olvida:

“No tienes que pasar por esto sola.” 💜

MATERMUR
Asociación de Madres Separadas y Divorciadas de Murcia

Próximos encuentros: 4 de septiembre · 2 de octubre · 6 de noviembre · 4 de diciembre

Primer viernes de cada mes.
Lugar y horario: por determinar.

Si quieres participar, colaborar con esta iniciativa o ayudarnos a darle difusión, puedes ponerte en contacto con MATERMUR.

3/24/26



Como coach emocional y fundadora de Matermur, llevo más de 5 años acompañando a mujeres que se enfrentan a la difícil decisión de separarse o divorciarse. 
He visto la confusión, el miedo y la culpa que muchas sienten en esos primeros momentos, y sé lo abrumador que puede ser. Por eso quiero compartir mi experiencia y la de muchas mujeres que forman parte de Matermur, para que sepas que no estás sola y que hay formas de avanzar con claridad y seguridad.

como tomar la decisión de divorciarme sin culpa


1. Escucha tus emociones y date tiempo

Recuerdo a Laura, una de nuestras socias, que llegó a Matermur sintiéndose atrapada y culpable por pensar en separarse. Lo primero que hicimos fue trabajar en reconocer sus emociones: miedo, tristeza y confusión. En Matermur, tanto en nuestros encuentros presenciales como en las sesiones online, animamos a las mujeres a parar, respirar y escuchar lo que realmente sienten antes de tomar cualquier decisión.

2. Reflexiona sobre tu bienestar y el de tus hijos

Muchas mujeres nos dicen: “No quiero separarme porque afectará a mis hijos”. He aprendido que los niños se benefician más de padres felices y equilibrados que de una convivencia basada en tensión y conflictos. En nuestras sesiones presenciales y online, exploramos juntas cómo priorizar el bienestar de cada miembro de la familia, buscando soluciones que minimicen el impacto en ellos.

3. Busca apoyo antes de decidir

No tienes que decidir sola. En Matermur, conectamos a las mujeres con grupos de apoyo, talleres y coaching individual. Desde mi experiencia, quienes buscan consejo y acompañamiento sienten más seguridad y claridad al dar este paso. Las historias que compartimos en nuestras sesiones son un recordatorio de que no estás sola y que hay caminos posibles.

4. Date permiso para poner límites

Recuerdo a Carmen, que sentía miedo de ser juzgada por su familia. Trabajamos en Matermur para que identificara sus necesidades y aprendiera a poner límites saludables, tanto con su ex pareja como con su entorno. Decidir separarte no es egoísta: es un acto de autocuidado que protege tu equilibrio emocional y el de tus hijos.

Conclusión:

Tomar la decisión de divorciarte no es fácil y no existe la opción perfecta. Pero con apoyo, información y acompañamiento, puedes dar pasos conscientes que te acerquen a tu bienestar. En Matermur trabajamos tanto de forma presencial como online, ofreciendo un espacio seguro donde cada mujer puede compartir, aprender y fortalecerse. Estoy aquí para acompañarte y ayudarte a sentir claridad y confianza en tu proceso.

1/27/26

Guía práctica para descargar tu informe de solvencia patrimonial (CIRBE) en el Banco de España. Paso a paso, sin complicaciones.



Si estás leyendo esto, probablemente necesitas saber qué deudas tienes registradas o simplemente quieres revisar tu historial para tenerlo todo bajo control. Y sí: es algo que se puede hacer en 5 minutos, sin dramas y sin complicaciones.

En España, el historial crediticio oficial lo gestiona el Banco de España, y se conoce como Informe de Solvencia Patrimonial (también llamado Informe CIRBE).

Este informe recoge los créditos y préstamos que tienes con entidades financieras, con el saldo pendiente y la entidad con la que lo tienes.

 

✅ ¿Qué es el informe CIRBE?

El informe CIRBE es un documento que te muestra:

·         Préstamos personales

·         Hipotecas

·         Líneas de crédito

·         Tarjetas con financiación

·         Saldo pendiente

·         Entidades con las que tienes deuda

Ojo: no incluye compras con tarjeta del día a día, ni compras de comercios. Solo deudas con bancos y entidades financieras.

 

🧾 ¿Para qué sirve?

Este informe es útil para:

·         Saber cuánto debes realmente

·         Revisar que no haya errores

·         Ver si te están cobrando algo que no deberías

·         Prepararte si vas a pedir un préstamo o hipoteca

·         Tener control financiero (y eso siempre es poder)

 

💡 Cómo descargarlo (paso a paso)

Hay varias formas de conseguirlo, pero la más rápida y cómoda es online.

1️ Descarga online (lo más fácil)

✔️ Paso 1: Accede a la sede del Banco de España

Entra en la web oficial del Banco de España y busca la sección:

👉 “Información de solvencia patrimonial” o “CIRBE”

✔️ Paso 2: Identifícate

Necesitas una forma de identificación digital:

·         Cl@ve

·         Certificado digital

·         DNIe

✔️ Paso 3: Solicita el informe

Una vez dentro, selecciona “Informe de solvencia patrimonial (CIRBE)” y descárgalo en PDF.

 

2️ Si no tienes Cl@ve o certificado: presencial

Si no tienes acceso digital, puedes solicitarlo en persona:

📍 En una oficina del Banco de España, con tu DNI/NIE.

Es posible que te pidan cita previa, así que mejor que lo compruebes antes.

 

3️ Solicitud por correo postal

Si prefieres hacerlo por correo, puedes enviar una solicitud firmada y una copia del DNI/NIE.

📬 El informe llegará a tu domicilio en unos días.

 

⚠️ Datos importantes que debes saber

📌 El informe no incluye tu historial de compras con tarjeta
Solo incluye créditos y préstamos con entidades financieras.

📌 No te preocupes si ves algo raro
Si detectas un error, puedes reclamarlo y corregirlo.

📌 No es algo malo tener CIRBE
Tener un crédito registrado es normal. Lo importante es que esté correcto y controlado.

 

🧠 Consejo de NoEsUnDrama

Esto no es para asustarte, es para empoderarte.
Tener tu informe crediticio a mano te da claridad, te permite planificar mejor y te ayuda a tomar decisiones con más seguridad.

 

Si te ha servido este post, compártelo o déjame un comentario abajo.
Y recuerda: tu economía no es un drama, es una herramienta.

 


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