Muchos días fantaseo con esa vida. Con pasear por calles extranjeras, comprar en comercios donde se habla otro idioma, criar a mis hijos en una cultura totalmente diferente a la actual e incluso despertarme cada mañana en una ciudad con un clima radicalmente opuesto al de Murcia.
Quizá por eso, de vez en cuando, vuelvo a una decisión que tomé cuando tenía 20 años.
Una decisión que en aquel momento no me pareció demasiado importante.
Pero que, veinte años después, todavía me hace preguntarme:
¿Qué habría pasado si hubiera dicho que sí?
Te pongo en contexto.
Allá por 2005, yo estudiaba diseño en la Escuela de Artes y nos ofrecieron una beca Da Vinci, algo parecido a la Erasmus pero para estudiantes de Artes.
El plan era sencillo: vivir seis meses en una ciudad italiana, terminar los estudios allí y volver.
Nada especialmente extraño hoy en día, pero estamos hablando de hace más de veinte años.
Se lo mencioné de pasada a mi entorno: familia, pareja, amigos…
Y la reacción de la mayoría fue de miedo, incertidumbre, incredulidad.
Y yo lo dejé pasar.
Ni siquiera me molesté en conocer los requisitos, las condiciones o profundizar demasiado en qué consistía aquella oportunidad.
Seis meses fuera.
Ni loca.
Aquí tenía trabajo, pareja, una casa a medio construir y una vida totalmente planificada y organizada. Una vida en la que no cabía un parón de tanto tiempo.
Porque sí.
Seis meses me parecían una eternidad.
El destino era Florencia
Florencia era para mi yo de 20 años una posibilidad enorme colocada justo delante de mí.
Una de esas oportunidades que, vistas desde la distancia, parecen escritas para una película: una chica joven, una ciudad italiana, arte, arquitectura, aprender, conocer gente, estar lejos de todo lo conocido.
Y yo dije que no.
No recuerdo haber vivido aquella decisión como una gran tragedia.
Creo que simplemente había demasiadas cosas que ya estaban en marcha.
Quizá incluso me parecía irresponsable hacerlo.
Quizá pensaba que ya tendría otras oportunidades.
Quizá simplemente no estaba preparada para irme.
Y la vida siguió.
En 2008 llegó la crisis económica.
Llegó mi despido.
Llegó mi boda.
Y después llegó todo lo demás.
La vida que había empezado a construir se convirtió en la vida que viví durante muchos años.
Y Florencia se quedó allí, en algún lugar de mi memoria, como esas puertas que cerramos sin saber que quizá no volveremos a encontrarlas.
La pregunta que vuelve veinte años después
Durante mucho tiempo no pensé demasiado en aquella beca.
Hasta que, de vez en cuando, aparece la pregunta.
¿Qué habría pasado?
No es una pregunta que me haga para lamentarme.
No pienso que mi vida habría sido mejor si hubiera ido.
Tampoco sé si habría sido peor.
Quizá habría vuelto a los seis meses y habría continuado exactamente donde lo dejé.
Quizá habría descubierto que la arquitectura no era mi camino.
Quizá habría conocido a otras personas y tomado decisiones completamente diferentes.
Quizá habría terminado viviendo en Italia.
Quizá habría vuelto enamorada de alguien.
Quizá habría vuelto enamorada de mí.
O quizá simplemente habría pasado seis meses maravillosos y después habría regresado a casa.
No lo sé.
Y eso es precisamente lo curioso de las vidas que no elegimos:
No podemos saber si eran mejores. Solo podemos imaginar que eran diferentes.
La vida que imaginamos siempre parece mejor
A veces creo que cuando miramos hacia atrás cometemos el error de comparar nuestra vida real con una vida imaginaria a la que le permitimos tener solamente las cosas buenas.
En esa otra vida siempre tenemos el trabajo que nos gusta, conocemos a las personas adecuadas, viajamos, nos atrevemos, tenemos más dinero, somos más libres y tomamos las decisiones correctas.
Nunca imaginamos los problemas de esa vida.
Nunca ponemos una crisis económica en Florencia.
Nunca nos quedamos sin trabajo allí.
Nunca tenemos una ruptura.
Nunca nos sentimos solas.
Nunca nos equivocamos.
Porque esa vida no existe.
Es solo una posibilidad.
Y quizá por eso no quiero mirar a aquella chica de veinte años y decirle que se equivocó.
No creo que se equivocara.
Tomó una decisión con lo que sabía, con lo que quería y con la vida que tenía delante.
Y eso también merece respeto.
Dejar de juzgar a la mujer que fuimos
A veces somos demasiado duras con las mujeres que fuimos.
Las miramos desde el lugar en el que estamos ahora y pensamos:
«¿Cómo pudiste no verlo?»
«¿Por qué no te fuiste?»
«¿Por qué no aprovechaste aquella oportunidad?»
«¿Por qué no elegiste otra cosa?»
Pero aquella mujer todavía no sabía lo que nosotras sabemos hoy.
No sabía que llegarían determinadas personas.
No sabía que algunas relaciones terminarían.
No sabía que habría momentos en los que tendría que reconstruirse.
No sabía quién acabaría siendo.
Y quizá eso sea lo más bonito de mirar atrás.
Entender que no necesitamos juzgar cada decisión de la mujer que fuimos.
A veces basta con acompañarla.
Decirle:
«Hiciste lo que pudiste con la vida que conocías entonces».
Y después preguntarnos algo mucho más interesante.
¿Qué quiero hacer ahora que todavía no he hecho?
Porque tengo 41 años.
Y Florencia ya no es aquella beca.
Pero todavía hay puertas que no he abierto.
Todavía hay lugares a los que no he ido.
Todavía hay proyectos que me dan miedo.
Todavía hay cosas que quiero aprender.
Todavía hay versiones de mí que no conozco.
Y quizá de eso se trate hacerse mayor.
No de dejar de imaginar las vidas que no vivimos.
Sino de dejar de utilizar esas vidas imaginarias para castigarnos y empezar a utilizarlas como pistas.
Porque aquella chica de veinte años quizá no se fue a Florencia.
Pero todavía puede haber algo de aquella chica que quiera viajar.
Crear.
Aprender.
Arriesgarse.
Empezar.
Y esta vez, quizá, escucharla.
¿Y tú? ¿Qué vida no elegiste?
Así que hoy me hago una pregunta que quizá también pueda hacerte tú mientras lees esto:
¿Hay algo que quisiste intentar y todavía te preguntas qué habría pasado?
Y, sobre todo:
¿Todavía quieres intentarlo o ha llegado el momento de despedirte de esa posibilidad?
Porque quizá algunas vidas que no elegimos solo vienen a visitarnos para recordarnos que todavía estamos a tiempo de elegir algo nuevo.
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